Resumen Un viejo que leía novelas de amor. Luis Sepulveda.

octubre 6, 2012
Compartir esto...Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterPin on PinterestShare on TumblrShare on LinkedInEmail this to someonePrint this page

un-viejo-que-no-leia-novelas

 

Es la obra más conocida del escritor chileno Luis Sepúlveda, por la que obtuvo en 1989 el premio de novela Tigre Juan, que convoca anualmente el Ayuntamiento de Oviedo.
En un apartado caserío llamado El Idilio, en la cuenca amazónica del río Nangaritza, vive desde hace muchos años Antonio Bolívar Proaño, un antiguo colono que, gracias a las inestimables enseñanzas de los auténticos habitantes de la selva, los indios shuar, se ha convertido en uno de los más arduos defensores de estos parajes ante la continua invasión de aventureros, cazadores y comerciantes de pieles.
Ahora que ha llegado a la vejez, el protagonista se enfrenta a sus largas noches de soledad, sólo interrumpidas por sus visitas al pueblo de El Dorado, donde de vez en cuando coincide con un dentista que le proporciona el antídoto para sus horas solitarias: los libros.

Resumen Un viejo que leía novelas de amor

 

Capítulo primero

 
Los pocos habitantes de El Idilio y algunos aventureros esperan su turno para atenderse con el doctor Rubicundo Loachamín, el dentista, quien sin anestesia mitigaba el dolor.
-¿Te duele?- preguntaba, mientras los pacientes sudaban a mares- ¡Quita las manos! Metete en la mollera esto: ¡La culpa  de que te duela es del gobierno!
El doctor Loachamín odiaba a cualquier tipo de gobierno.
Más allá, la tripulación del Sucre cargaba bananos y café.
El Sucre zarparía en cuanto el dentista terminara de atender, pues visitaba el Idilio solo 2 veces al año.
La gente esperaba la visita del barco por la provisiones de sal, gas, cerveza, aguardiente Frontera, y claro, por el dentista, en especial los sobrevivientes de la malaria cansados de escupir dientes y deseosos de probarse una de las prótesis.
El sillón del dentista era una institución para los habitantes de las riveras de los ríos Zamora, Yacuambi y Nangaritza, aunque solo fuera un sillón de barbero, que apernaban a una tarima de un metro  cuadrado,  “La consulta” como la llamaban. Todos pasaban con cara de padecimiento, menos los jibaros, indígenas rechazados por su propio pueblo, los Shuar, por considerarlos envilecidos y degenerados, quienes miraban de lejos, esperando algún resto de alcohol, y mostrando sus dientes afilados con piedras.
-¿Y ustedes? ¿Qué diablos miran? Algún día van a caer en mis manos, macacos – los amenazaba el dentista.
Al terminar de atender al último paciente, el dentista vio a un Shuar que se acercaba en canoa, hasta apegarse al barco.
El Shuar habló con el patrón del barco, y al pasar frente al doctor le dijeron:
-Tenemos que esperar, doctor. Traen un gringo muerto.
El dentista ayudó a subir a bordo el sillón y se acercó a un extremo de muelle, donde lo esperaba Antonio José Bolívar Proaño.
-¿Todavía no te mueres Antonio José Bolívar Proaño?
Antes de responder, el viejo se olió los sobacos.
-Parece que no. Todavía no apesto.
-¿Cómo van tus dientes?
-Aquí los tengo- desenvolviéndolo de un pañuelo.
-¿Y por que no los usa, viejo necio?
-No estaba ni comiendo, ni hablando ¿Para que gastarlos entonces? – Y le ofreció una botella de Frontera- se ganó un trago, saco 27 dientes, pero no superó su marca.
-Siempre me llevas la cuenta.
-¿se acuerda de aquel que se dejó sacar los dientes para ganar una apuesta?
El doctor comenzó a recordar:
El montubio llegó a su consulta acompañado de una veintena de individuos, todos venían borrachos.
-Me los saca toditos, y me los va poniendo sobre la mesa.
-¿Tienes dinero para tantas extracciones?
-El caso es que hice una apuesta, por que les digo que soy muy macho y me sacaría los dientes sin quejarme, y la mitad de la apuesta es para usted y si no lo hace, le arranco la cabeza con mi machete.
Y corrió la apuesta.
Se dejó sacar los primeros 7 dientes sin mover un musculo, y pidió un trago, que lo hizo retorcerse, pero no se quejó.
Al final, el desdentado con la cara hinchada hasta las orejas dividió la ganancia con el doctor.
-Si. Esos eran buenos tiempos- murmuro el doctor.
Dos canoas se acercaban y en una de ellas asomaba una cabellera rubia.
 

Compartir esto...Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterPin on PinterestShare on TumblrShare on LinkedInEmail this to someonePrint this page

Un comentario

  • Anonymous noviembre 8, 2012en5:58 am

    muchas gracias hermano

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *