Yo, simio – Sergio Gómez

mayo 10, 2016
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Simio vive, desde su nacimiento, encerrado en el zoológico de la ciudad. No sabe de qué se le acusa, por qué es prisionero y no entiende todos los sufrimientos que debe padecer. Ni siquiera sabe exactamente quién es. Es por eso que un día decide escapar de la estrecha jaula del zoológico para conocer la ciudad y vivir como los humanos, entre los que se considera uno más. Primero será un mendigo hambriento, luego se transformará en el jardinero de una mansión y, más adelante, en mayordomo. Logrará la confianza de sus patrones, la aceptación de los demás a cambio de sumisión y trabajo, pero, además, descubrirá sus dos pasiones: la fotografía y la lectura. Hasta que, finalmente, se pregunte —después de haber vivido toda su existencia como humano— si valió la pena.

 

Resumen: Yo, simio

 

Mis primeros recuerdos

Todos mis recuerdos son los de un prisionero en una jaula.

Nuestro parque zoológico se encuentra en un cerro al centro de la ciudad. Desde mi celda tenía una vista parcial de ella, y no entendía qué significaba ese murmullo y luces nocturnas.

Una vez al mes, los hombres grises me inmovilizaban con sogas y alambres. Me encerraban en la jaula y lavaban mi celda mientras yo me quejaba de dolor. Yo era un prisionero sin derechos.

Todas las noches me preguntaba qué delito había cometido para estar allí. Creí erradamente que yo no era diferente a los guardias o a la gente que visitaba el Parque. No veía mucha diferencia entre ellos y yo, y esto me hacía no encontrar respuestas a mi encierro.

Un día, cuando los guardias lavaban mi celda con la puerta abierta, las cuerdas que me apretaban se cortaron y me atreví a salir de mi jaula.

Decidí subir por un sendero, ya que pensé que sería mejor adentrarme entre los árboles.

Por primera vez vi mi celda desde arriba y la de un oso muy viejo que sufría una enfermedad que nadie trataba. Desde mi jaula, siempre oían sus quejidos.

En el sendero me encontré con un grupo de niños que me miraban y sonreían, en ese momento  me sentí como nunca, uno más de ellos, pero entonces apareció el hombre gordo, posiblemente su profesor, y comenzó a gritar pidiendo ayuda.

Todos corrimos y yo erradamente, me devolvía a mi jaula, donde me esperaba Palmides el Grande con un garrote que desplomó cobardemente sobre mi cabeza. Todo se oscureció. Escuche a lo lejos los gritos de los niños y la risa de Palmides al Grande.

Por varios días sentí mi cabeza enorme, y lloré por el dolor y porque, posiblemente, perdí la única oportunidad de escapar de mi prisión. Ese golpe en la cabeza produjo en mí un cambio importante, por primera vez deseé con todas mis fuerzas convertirme en un simio libre.

 

Los siguientes meses

Una noche Palmides se acercó a mi celda mientras bebía alcohol de una botella. Me culpaba de su suerte y de su ocupación que lo desmerecía. Él quería ser taxista o manejar un autobús, pero sus escasos estudios solo le permitieron ser guardia de zoológico y de eso era culpable yo. Me lanzó alcohol a la cara y me refugie al fondo de mi celda. Desde allí lo escuche insultarme por horas.

La primera vez que vi a M. estaba acompañada de su novio, un joven risueño y burlón. Se sentaron frente a mi celda y él me lanzó unos manís con desdén. Entonces escuche a M., reclamaba a su novio sobre el maltrato de criaturas como yo, encerradas en ese lugar. Por primera vez oía a alguien decir lo que yo pensaba y me volví a mirarla.

Creo que en esa mirada de ambos, surgió algo. Su novio la tomó del brazo y se la llevó.

Pensé que no la volvería a ver, pero apareció una semana después. Estaba sola en el mirador llorando. Tiempo después, supe que había terminado con su novio.

Varias semanas después volvió al zoológico y fue directamente a mi jaula. Se sentó frente a los barrotes observándome largamente. Tampoco yo me moví. Su mirada era de compasión y comprensión. De pronto sacó un libro y comenzó a leer en voz alta. Al principio no entendía, pero luego me di cuenta: las palabras que salían de ese objeto me hicieron dibujar  imágenes, personajes y paisajes en mi cabeza.

Por primera vez no me sentí prisionero. Cuando M. terminó, tuve que bajar la cabeza para que no se diera cuenta que yo también lloraba.


Las visitas de M. a mi jaula

M.venía casi a diario. Se sentaba en las banca y me hablaba sobre la injusticia de nuestro encierro y luego sacaba un libro distinto cada día que leía en voz alta. El timbre de su voz quedaba vibrando en mi cerebro, incluso ahora, años después, aún repito aquel sonido en mi mente.

Esos días fueron los más felices. Una noche me di cuenta que estaba enamorado de M., sin embargo deseaba escapar y eso significa alejarme de ella. Fue una época de muchas emociones.

Una mañana M. apareció muy temprano y presenció las torturas que yo sufría al limpiar mi celda. M. se enfureció frente a Palmides el Grande y le dijo que el animal era él, Palmides se retiró furioso del lugar, pero M. lo siguió.

 

Al día siguiente M. apareció con una carta de reclamo que me leyó y me dijo que haría algo más y sería la solución definitiva a mi problema. Mientras reclamaba a los directivos del parque, la hicieron esperar en la oficina, donde tomó un juego de llaves, tenía la esperanza que alguna podría abrir mi celda, solo debía probar una por una.

Días después M no apareció y los guardias me castigaron por la carta de reclamo sin darme alimento ni agua por varios días. Me sentía débil.

Pero un día llegó M. y me dijo que debía ir hacia los cerros. Estaba nerviosa y comenzó a probar las llaves. Entonces apareció Palmides el Grande anunciando que cerrarían el Parque. M. sopló todo el aire y arrojó las llaves dentro de la celda. Me miró a los ojos, y sentí que ese sería su último intento por salvarme y sería la última vez que nos veríamos. Yo intenté mirarla para demostrarle mi gratitud y amor. Palmides se acercó mirando con desprecio a M., quien se retiró. Cuando Palmides se acercó a la jaula me senté rápidamente sobre el juego de llaves. Me preguntó si tenía hambre burlonamente y sacó un sándwich que se comió lentamente frente a mí.


4 M. 
no apareció al día siguiente

Mno volvió a mi jaula, ni la comida tampoco. Pero no me movía para proteger mi secreto. Aquella noche comencé a probar las llaves con las pocas fuerzas que me quedaban, hasta que la puerta se abrió.

Quedé paralizado y luego me deslicé por el sendero, pero no hacia el cerro, como me aconsejó M., yo me creía un humano, y regresaría al mundo de los humanos desde donde alguien me había arrancado injustamente.

Estaba expectante y por primera vez contemplé la ciudad desde el mirador. Aquel paisaje me dio fuerza y supe lo que debía hacer. Me dirigí a la bodega junto a la oficina, donde había escuchado que estaba la comida.

Comí lo que más pude para recuperar fuerzas. Allí encontré ropa de los jardineros, un sombrero de paja y un par de zapatillas blancas.

Luego sentí un olor conocido y fui al fondo donde encontré  a Palmides completamente borracho. Al mirarme se puso a reír y dijo que me veía ridículo vestido de jardinero, y que nunca dejaría de ser un feo simio. Dijo que me regresaría a la jaula y azotaría por mi insolencia. Sentí un odio incontrolable y recordé todos sus maltratos. Tomé una pala y me erguí, Palmides se impresionó y cayó hacia atrás. Me vengaría de Palmides, pero no lo hice. Talvez, aquella era la señal de que yo era algo distinto a un animal, pero también distinto a un humano.

Luego salté las rejas y llegué a la calle. Me erguí lo más que pude y me alejé del lugar al que esperaba no regresar jamás.

 

Cuando amaneció 

Llegué sin saber, al  centro de la ciudad, y decidí quedarme en una plaza central rodeada por árboles, frente a una catedral.

La gente caminaba acelerada y nadie pareció preocuparse por mí. Trepé a un árbol y permanecí el resto del día descansando y tratando de obtener información que me ayudara para comenzar mi nueva vida.

Me di cuenta que lo más importante era caminar despreocupado de los demás, sin mirarlos  a los ojos, distraído y veloz.

Al anochecer decidí bajar a buscar alimento y descubrí que los restaurantes llenaban sus tarros de basura con restos de comida. Seleccione alguna y aunque era distinta a la del zoológico, puedo decir que me gustó.

Cierto día, cuando buscaba alimento en los tarros, un hombre me habló, era un camarero que fumaba un cigarro. Me contó que trabajaba todo el día, y debía viajar una hora para llegar a su hogar y que cuando llegara, su esposa e hijas estarían durmiendo. Parecía triste y quise consolarlo, pero yo no podía expresar mis sentimientos y solo emití un suave gruñido. El hombre dijo que lo esperara y volvió con una bolsa de comida caliente. Luego entendí que el mesero me había dado un obsequio, sin esperar nada a cambio, como M. había  tenido actos desinteresados conmigo. Fue mi primer plato de comida caliente, afortunadamente me acostumbraba con facilidad a todo lo nuevo que enfrentaba.

 

Los siguientes días 

Los siguientes días fueron casi iguales, de día sobre los árboles de la plaza, de noche recorriendo la ciudad vestido de jardinero.

Los únicos que me descubrían cuando miraban hacia arriba eran los niños.

A las 2 semanas cuando ya tenía más confianza, observé que cerca de la estatua del alcalde Mansur, se encontraba un grupo de hombres muy parecidos a mí. Vestían de manera sencilla, y con zapatos muy gastados. Su existencia era lenta y relajada. Dormían en las bancas y se alejaban de vez en cuando, para regresar a calentarse al sol.

Algunos eran hoscos pero la mayoría eran tranquilos. Los estudie para entender de qué vivían y logré entender que eran mendigos, es decir, viven de pedir a los demás.

Un día bajé  temprano de mi árbol y me senté en una banca. De repente, uno se sentó a mi lado. Bebía un café con la mirada perdida. Antes de acabar, dejó el café a mi lado como un gesto de solidaridad como el de M. y el camarero. Se acomodó en la banca y yo también.

Aquel mendigo fue mi primer amigo. Lo llamaban El Duque.

El Duque era distinto. Una mañana me habló de su vida muy entusiasmado.

Trabajaba en la minería, pero se enfermó de los pulmones. Se enamoró de una enfermera y se casaron, pero el alcohol lo arruinó.

Su esposa no podía tener hijos, y la golpeaba sin razón. Un día llegó a su casa y solo encontró una nota “Me voy porque te dejé de amar”. Se fue a un bar y peleó con un tipo que le metió 6 balas. Pasó 5 meses en el hospital y salí decidido a cambiar su vida.

Así llegó al rincón del alcalde Mansur. Se sentía respetado por ellos, y a cambio, trataba de ayudarlos.

Di un suave gruñido y él respondió:

– Gracias por escucharme – y seguimos durmiendo.

 

El hecho más increíble de ese tiempo 

Comencé a caminar por la ciudad de día, despreocupadamente, cierto día me detuve en una extraña tienda porque me recordaba a M., esos días en que escuchaba sus lecturas frente a mi jaula. Estaba frente a una tienda de libros. Todo se veía muy interesante y entré, me recibió un hombre anciano y me invitó a revisar los estantes. Revisaba uno por uno, aunque no podía leer y quise volver a ver a M. para preguntarle por cada uno de ellos y escuchar como los leería.

El librero se acercó y me dijo que había notado que yo era un buen lector, porque acariciaba los libros. Yo solo emití un gruñido y él pensó que yo era un extranjero, pero eso no le importó porque él también era extranjero y me contó su vida, pues había llegado hace muchos años huyendo de una guerra civil.

Me habló sobre su historia y temas de libros como la libertad, durante horas.

Finalmente me dijo que cerraría la librería porque era tarde, pero antes me regaló un libro que me ayudaría a mejorar el idioma.

Salí flotando de la librería. Tenía mi primer libro.

Subí inmediatamente a mi árbol y me quedé toda la noche tratando de unir letras, pero no lo logré, lo que me llenó de frustración y tristeza.

 

Vagando por una calle  

Una noche vagaba cerca del Teatro Municipal, dispuesto a subir a mi árbol, cuando observé a un grupo de jóvenes bebidos que golpeaban a 2 hombres. Al acercarme me di cuenta que golpeaban al Duque y a un vagabundo. Uno golpeaba al Duque con un bate de madera. Me descontrolé y me abalancé sobre ellos con toda mi ira. Los golpee y rompí el bate, huyeron asustados.

Me acerqué al Duque que yacía en el suelo. Tomó mi mano y vi lo diferente que eran, pero ambas querían decir lo mismo, eran agradecidas, luego llegó la ambulancia y se lo llevó.

No volví a ver al Duque. Cierto día escuché a unos vagabundos decir que El Duque no volvería, pues las heridas fueron muy graves. Comprendí lo que decían, pues ya conocía el concepto de la muerte.

Me deprimí por varios días, estaba sin ánimo de bajar de mi árbol y no quería comer.

Conocí la muerte en el zoológico, en la jaula del oso pardo que durante años gritaba de dolor por las noches. Cierta noche se me ocurrió imitar sus gritos para apoyarlo en su sufrimiento.

Cierta noche los gritos fueron distintos, armoniosos y agradables que me extrañaron. Y luego no oí nada más. Al otro día los guardias lo encontraron muerto. Pensé que esos gruñidos suaves fueron para agradecerme o demostrarme que morir también era un descanso.

 

Al bajar de mi árbol 

Bajé poco de mi árbol. Me sentía desanimado por la pérdida de El Duque.

Una mañana apareció en la plaza una mujer acompañada de un hombre muy serio y delgado.

La señora Dama, como la llamaba el hombre, estaba ofreciendo trabajo a los vagos, pues necesitaba un jardinero. Todos los vagos se alejaban, ya que para ellos significaba una ofensa.

Bajé de mi árbol para ver a la dama.

Al verse rechazada, la señora Dama se acercó directamente a mí y me dijo

– Usted lleva ropa de jardinero, a usted lo quiero trabajando en mi casa.

Acepté sin saber a qué se refería, pero antes subí a mi árbol a buscar mi única pertenencia, mi libro.

Los mendigos se despidieron de mí como si hubiera decidido suicidarme.

El hombre me indicó subirme a un vehículo al que prometo nunca más subirme, pues a las pocas cuadras tenía la sensación de encierro y deseaba vomitar.

Cuando al fin llegamos a la casa, pensé que allí vivían gigantes, era una casa de varios pisos rodeada por extenso patio.

El hombre era el mayordomo de la señora Dama y  me indicó el camino hasta llegar a una pequeña cabaña donde guardaba las herramientas de jardinería. Adentro tenía una cama con un colchón demasiado blando.

Mientras pensaba en volver donde los vagabundos, entró una mujer con una bandeja de comida, me miró horrorizada y se retiró.

Luego vino el mayordomo que me entregó un rastrillo.  Entendí lo que querían. Yo debía cuidar el patio de la señora Dama a cambio de alimento y techo. Simple pero complejo. Debía cambiar mi modo de vida, pero tenía la virtud de acostumbrarme a todo lo viniera y tenía fuerza.

Sabía que tenía ventajas sobre los demás humanos, aunque aún me consideraba especial y no un ser diferente.

Recogí las hojas con entusiasmo y vi a la señora que me miraba con satisfacción por mi trabajo.

Al acostarme estaba agotado. Me acomodé en el suelo y soñé con M.

En el sueño ambos hablábamos, mi voz era suave y M. me escuchaba, entonces me di cuenta que no solo hablaba, también leía un libro. Esa fue la primera y última vez que soñé con M.

 

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