Resumen Un viejo que leía novelas de amor. Luis Sepulveda.

octubre 6, 2012

Capitulo tercero

Antonio José Bolivar Proaño sabía leer, pero no escribir. Leía lentamente, juntando las silabas y repetía la oración hasta apropiarse de los sentimientos de la frase.
Habitaba en una choza de caña con algunos muebles: la hamaca, una mesa muy alta, muy alta para  no sentarse debido a sus dolores de espalda. Tenía una ventana abierta la rio, una toalla y un jabón que servía para el cuerpo, el pelo, la ropa y la loza.
En un retrato a los pies de la hamaca, posa una joven pareja: Antonio Bolivar y su mujer Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñan Otavalo. Se conocieron en San Luis, tenían 13 años  cuando los comprometieron y dos años  después los casaron. A los 19 heredaron un pedazo de tierra de su suegro, que no alcanzaba para alimentar a la familia, por lo que Antonio trabajaba en los terrenos de otros.
Los comentarios sobre la infertilidad de Dolores Encarnación la atormentaban.
-Nació yerna- decían algunas viejas.
-Esta muerta por dentro ¿para sirve una mujer así?
-Puede que seas tú quien falla – le dijeron a Antonio- debes dejarla sola en la fiesta de San Juan.
La fiesta de San Juan era donde todos se emborrachaban y los cuerpos se confundían, pero Antonio no aceptó ser padre de un hijo de carnaval y se fueron a la Amazonía. El gobierno les prometió tierra,  y ayuda técnica a cambio de poblar territorios del Perú.
Viajaron dos semanas  en bus hasta el Rio el Dorado, y una semana en canoa para llegar al Idilio.
Les entregaron dos hectáreas de selva, palas, machetes y semillas. Él y su mujer construyeron una choza y trabajaron desmalezando el monte, desde el alba hasta el atardecer. Pero llegaron las primeras lluvias, se acabaron las provisiones, estaban aislados y desesperados por el hambre y la crecida del rio. Los colonos comenzaron a morir, se sentían perdidos, por los mosquitos que atacaban día y noche, por los ruidos nocturnos de los animales hambrientos, hasta que llegaron unos hombres semidesnudos, los Shuar, que compadecidos se acercaron para ayudarlos.
Les enseñaron a cazar pescar, levantar chozas, conocer los frutos, en pocas palabras: a convivir con la selva.
Al segundo año Dolores se fue, Antonio José no regresaría como un fracasado, y decidió quedarse a conocer la selva.
Aprendió el idioma Shuar, cazaba con ellos y junto con eso, los beneficios de la cerbatana.
Andaba semi-desnudo y era visto por los colonos como un loco, pero él se sentía libre y a gusto en aquel mundo.
Los Shuar los recibieron complacidos y conversaban largas horas,
-Allá, donde vives ¿Cómo es? – preguntaban a Antonio.
-Frio, hay que usar poncho.
-¿Y que comen?
-Lo que se puede, papas, maíz, puerco, a veces gallina.
-¿Y que hacen  sino cazan?
-Trabajar, desde que sale el sol hasta que se oculta.
-¡Que tontos! ¡Que tontos!- sentenciaban los Shuar.
A lo 5 años, supo que nunca se iría.
Los Shuar le enseñaron a caminar en la selva, pero en una oportunidad en que no balanceo el machete, lo alcanzó una serpiente (equis), en la mano. Sintió que la vida se le iba y buscó un caserío Shuar. Los Shuar lo vieron completamente hinchado. Despertó varios días después, aun con fiebre. Un brujo Shuar le devolvió la salud. Pudo caminar 3 semanas después.
Al verlo recuperado, los Shuar lo llenaron de obsequios, una prueba de aceptación. Le pintaron el cuerpo con los colores de la serpiente y celebraron la fiesta de la serpiente, ya que pocos han sobrevivido a la mordedura de la equis. Al final de la celebración bebió un natema, licor alucinógeno de raíces hervidas, y se vio como parte de eses lugares, pensando y sintiendo como un Shuar. Fue la señal que le ordenó quedarse.
Tomo de compadre a Nushiño, un Shuar venido de lejos. Juntos recorrían la espesura, siguiendo rastros para cazar.
Cuando estaban solos, cazaban serpientes y  les sacaban el veneno, pues cada 6 meses aparecía gente de un laboratorio que pagaba muy bien cada frasco. Con ello compraban sal o un machete nuevo.
Con el tiempo José Antonio conocía la selva como un Shuar. En definitiva era como un Shuar, pero  no era uno de ellos. No era uno de ellos, por lo que no podía tener esposa, pero el Shuar anfitrión le rogaba aceptar a una de sus mujeres para mayor orgullo de su casta y casa. La mujer ofrendada lo llevaba al rio y lo lavaba, lo perfumaba para ir a la litera, siempre cantando anents, poemas nasales.
La selva sabia que enormes maquinas abrían camino, llegaban más colonos con promesas de desarrollo ganadero. También llegaba el alcohol y los buscadores de oro, individuos sin escrúpulos. Debido a esto, los Shuar se movían hacia el oriente, buscando selva impenetrable.
Un día cuando Antonio construía una canoa, escuchó un estruendo, corrió al lugar y vio a un Shuar llorando y a 5 aventureros que habían explotado el dique, al ver llegar mas Shuar se asustaron y dispararon a dos indígenas, uno murió por los perdigones en la cabeza,  y el otro era su compadre Nushiño quien le pidió ayuda:
-Compadre ayúdeme, andaré como un pájaro ciego si no cuelga su cabeza en una rama seca.
Antonio, consiente que debía pagar su deuda con los Shuar se lanzó al rio, los  Shuar habían lanzado sus dardos a los aventureros, pero uno logró escapar, Antonio siguió su rastro y lo enfrentó, sopló su dardo pero falló, el aventurero le apunto pero Antonio se abalanzo sobre el quitándole la escopeta y apretó el gatillo. Le ató los tobillos y lo arrastro al rio hasta donde los esperaban los Shuar. Al ver la herida los Shuar lloraron por Antonio y Nushiño. Debió dispararle el dardo para que el hombre se defendiera y su valor permaneciera en su rostro, atrapado en su cabeza reducida, con los parpados, boca y nariz fuertemente cocidos para que no escapase. Al dispararle, solo tendría dolor y espanto.
Por su culpa Nushiño no se iría, permanecería como un pájaro ciego, era responsable de la eterna desdicha de su compadre.
Llorando los shuar lo subieron con provisiones a una canoa y le dijeron que desde ahora no era bienvenido.

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Un comentario

  • Anonymous noviembre 8, 2012en5:58 am

    muchas gracias hermano

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