Resumen Un viejo que leía novelas de amor. Luis Sepulveda.

octubre 6, 2012

Capitulo cuarto

Luego de 5 días de navegación, arribo a El Idilio. El lugar  estaba distinto a lo que recordaba. Los lugareños al principio lo veían como un salvaje con escopeta, pero después se dieron cuenta de la importancia de tenerlo cerca.
Los colonos se dedicaban a talar la selva, dejando jabalíes o serpientes furiosas. También los gringos  o los buscadores de oro, que mataban todo lo que se les cruzaba. Antonio José. Se ocupaba de mantenerlos a raya.
Antonio José se dio cuenta que sus dientes se podrían y cuando llego el Sucre visito al medico.
-Doctor, limpie la boca y discutamos el precio de esas placas tan bonitas.
En esa ocasión desembarcaron del Sucre dos funcionarios estatales que recogía sufragios a los habitantes del Idilio. Antonio José llegó  a la mesa:
-¿Sabes leer?- le preguntaron.
-No me acuerdo
-¿Qué dice aquí?
-El se-ñor- señor-can-di-da-to-candidato
-¿sabes?, tienes derecho a voto.
Antonio José votó y recibió una botella de Frontera. Sabía leer y fue el descubrimiento más importante de su vida.
El alcalde le prestó unos diarios, pero esos temas le parecían muy lejanos.
Cierto día llegó un cura a bautizar niños y realizar matrimonios, pero nadie le presto atención y aburrido se puso a esperar el Sucre leyendo la biografía de San Francisco de Asís. Antonio se acercó cuando el sacerdote se durmió y hojeo el libro.
-¿Es interesante?- preguntó el sacerdote.
-Disculpe su eminencia, pero lo vi dormido y no quise molestarlo, parece que habla de animales.
-Así es, Francisco de Asis amaba a todos las criaturas de Dios.
-¿Ha leído muchos libros?
-En mi juventud leía todo lo que llegaba a mis manos, existen millones de libros y temas en el mundo.
-¿De que hablan los otros libros?
-De todo, aventura, de ciencia, de amor…
Esto último le interesó.
Pasó la estación de lluvia quejándose por su desgracia de lector inútil. Cuando la lluvia amainó salió del Idilio, adentrándose en el monte.
Coloco una docena de cocos amarrados  con una pequeña abertura y un cascabel adentro, luego llegó donde estaba lleno pájaros y coloco una mezcla de papayas con raíces de yahuasca. Construyó dos jaulas y se dirigió a donde estaban los cocos perforados, allí encontró a los micos con las manos atrapadas por no soltar el cascabel y echo 3 parejas a una jaula. Después fue a ver los pájaros y encontró una multitud de loros y papagayos durmiendo por la borrachera, metió en la jaula un par de guacamayos y otro de loros y regreso al Idilio.
Pagó el pasaje al patrón del Sucre con un par de loritos y charlo con el dentista sobre su interés por los libros.
-Pero viejo, si querías libros ¿por que no me  hiciste el encargo?, yo te los consigo en Guayaquil.
-Se lo agradezco, pero aun no sé cuales libros quiero leer, pero le cobraré la oferta.
En el Dorado, el dentista le presento a la maestra de la escuela, quien lo dejó pernoctar en el recinto. Vendió los bichos y la maestra le enseño su biblioteca.
Estuvo 5 meses revisando libros. Los de geometría, se preguntaba su valía la pena leer. Los de historia le parecieron un montón de mentiras. Edmundo D’Amicis y Corazón lo mantuvieron ocupado pero finalmente dijo que tanto sufrimiento no podía ser posible en un solo cuerpo.
El Rosario, de Florence Barclay contenía amor por todas partes, los personajes sufrían y la lupa se le llenaba de  lágrimas. La maestra le permitió llevarse le libro al Idilio para leerlo 100 veces, como lo haría con los libros que le trajera el dentista.

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Un comentario

  • Anonymous noviembre 8, 2012en5:58 am

    muchas gracias hermano

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